Introducción

Inés Moreno dijo una esencia honda de Pablo Neruda. Ya se han rebatido aquellas versiones que hablan de un poeta que sólo trató el tema del amor. En ese dominio Neruda, sin duda, es una de las voces más altas del corazón en el siglo XX. Lo pienso no sólo respecto de la lengua castellana, sino de la literatura universal.

Hoy día me siento algo traspuesto y es como si Neruda hubiera bajado de la sala Domeyko, del segundo piso, a este Salón de Honor de la Universidad. ¿Y por qué lo digo? Porque todo me parece una escena que se repite. Hace cuarenta y cuatro años, en julio de mil novecientos cincuenta y cuatro, cuando el poeta cumplía cincuenta, este Salón estaba repleto. Escuchaba a un hombre que sentían suyo desarrollando cinco conferencias que se hicieron célebres. Nos integraba a lo más intenso de su vida, de la historia, de la geografía y de la naturaleza.

Supongo que hoy tal vez pueden estar aquí hijos o nietos de la concurrencia que vio en el poeta a un hombre de entonces y de pasado mañana. En general los políticos son fugaces. Unos pocos figuran en los diccionarios biográficos, pero pronto se desvanecen. Se van junto con sus contemporáneos. El gran poeta queda. Viene para permanecer. Es de los que no se esfuman. Ni los reyes, ni los presidentes, ni los generales, ni aquellos que han sido coronados con la suma de las vanidades del mundo tienen asegurada la garantía de la posteridad. La gran poesía sí. Atraviesa siglos. Siempre que sea fuerte, interprete el espíritu del hombre y de la mujer, las inquietudes de su tiempo.

Neruda no entró por primera vez en mil novecientos cincuenta y cuatro a este Salón. Lo hizo más de treinta años antes, cuando aquí se sucedían las encendidas asambleas de la tumultuosa generación de los veinte. Llegaba a ellas el jovencito pálido, espigado, procedente de Temuco, al principio silencioso. Escuchaba curioso las arduas discusiones, teñidas por el sueño anarco. En un siglo joven hablaban de los signos anunciadores de un mundo nuevo, por hacerse. Resonaban los hurras y las esperanzas despertadas por la Revolución Rusa. Chile mismo se estremecía ante la posibilidad de un cambio de vida. Una elección presidencial aparecía prometedora. En un rincón callaba el adolescente de dieciséis años, recién llegado del sur lluvioso. También quería transformar una sociedad mal hecha.

La semana pasada en un diario influyente leí un artículo con el título Sólo el poeta del amor. La verdad es que resulta imposible separar el amor de Neruda por la mujer del amor de Neruda hacia la Humanidad. Fueron siempre una sola unidad indisoluble.

Aula esencial

Para Neruda el ingreso a la Universidad le significó entrar a una vida soñada confusamente. Fue el corte del cordón umbilical con la provincia lejana, donde recién había surgido Temuco, campamento militar, tras las últimas batallas de la llamada "Pacificación de la Araucanía" y la expulsión de los mapuches de sus tierras ancestrales. Se vino a la capital porque andaba buscando contacto con la poesía del mundo. Comenzó a estudiar francés, no tanto porque quisiera ser profesor sino porque ansiaba acceder a los grandes nombres, a Víctor Hugo, Baudelaire, Rimbaud, etc.. Era un fervoroso aprendiz de poeta. Muchas veces lo reconoció: "los poetas de ayer son mis maestros, ellos me influyeron". Quería explorar literaturas desconocidas, aspirar el perfume huidizo y misterioso del poema. Se proponía hacerlo suyo, imprimirle el sello nerudiano.

La Universidad de Chile fue aula esencial en su vida. Recorrió diariamente los corredores del Pedagógico, donde conoció a fondo el amor que inspiró sus primeros libros. Nacieron de su experiencia. Porque Neruda fue poeta descaradamente autobiográfico. Quien quiera conocer muchos secretos de su existencia debe leer su poesía, hurgar en sus entrelíneas. Raras veces el relato de su peripecia autobiográfica es cabalístico y muchas veces, absolutamente transparente. El amor gozado, sufrido, se filtra por gran parte de Crepusculario. Alguien llamó a Veinte Poemas el Cantar de los Cantares del siglo XX. Es una transfiguración de sus vivencias. Lo escribió casi simultáneamente con otro libro que guardó durante diez años en un cajón porque lo estimó, aparte de "excesivo y ardiente", tributario de influjos ajenos. Es el Hondero Entusiasta. El sexo aparecía escandalosamente desnudo. Revelación, deslumbramiento, asombro. Entre los dieciséis y los veinte años escribió obras que el tiempo convirtió en monumentos clásicos de la poesía del idioma.

Se sentó en este salón durante muchos atardeceres. Entonces era como el ateneo de los estudiantes, con veladas casi diarias, encuentros políticos, recitales poéticos. Junto a Romeo Murga, a Víctor Barberis y otros camaradas recitaba sus versos de iniciación. Aquí se escuchó por primera vez Farewell. Alguna vez apareció el catedrático de inglés del Pedagógico, Raúl Ramírez, que cuando escuchó el título corrigió desde lejos: "está mal pronunciado", cosa que no impidió que Neruda empezara a decir con voz de letanía: "desde el fondo de ti y arrodillado un niño triste como yo nos mira...".

Se necesitaba poseer el don para escribir en edad tan temprana un libro como Veinte Poemas.

Sin embargo estaba insatisfecho. Se sentía descontento. Temía que el éxito y la consagración en el medio estudiantil lo inmovilizaran en la poesía sentimental. Profesaba el principio del cambio constante. Ningún libro suyo debería ser igual a otro. En cada uno se embarcaría rumbo a una aventura diferente.

En su afán de quemar las brillantes naves, escribe a continuación un libro caótico, repleto de versos subsidiarios de la revolución poética, que le hacía guiños desde Francia. No tenía puntos ni comas. Era un conjunto que ciertos críticos juzgaron abigarrado, de imágenes atrevidas, dislocadas. Silencio. Luego alguien formuló la sentencia mortal: aquí naufragó Neruda. En verdad Tentativa del Hombre Infinito jugaba un papel necesario: cortó las amarras de Circe, la gran amorosa que pretendía atraparlo para siempre en sus brazos. Era un puente tendido hacia una poesía distinta.

A continuación el joven se sumergió en mares, en mundos remotos, de reconcentrada interioridad, de apariencias y sustancias extrañas. La próxima entrega consumó una ruptura violenta con los anteriores. Residencia en la Tierra fue escrita en tres continentes. Significó una revolución no sólo en su poesía.

La defensa de las humanidades

La Universidad de Chile le significó ampliar su visión de la vida en diversos aspectos. Le abrió paso al descubrimiento más rico de la camaradería, al cultivo desenfrenado y bohemio de la amistad. Para Neruda ella representó un valor de convivencia cotidiana imprescindible. Convirtió a muchos de sus compañeros de andanzas en personajes de su obra. Los recordó aunque fuera en horas luctuosas, empezando por Rojas Jiménez, del cual se ha escuchado aquí el rumor del "viene volando". Tal vez heredó ese sentimiento de su padre. Lo experimentó toda la vida. Y lo practicó como arte, gusto del cuerpo y del alma.

Hoy estos claustros recuperan a Neruda más allá de lo académico. Recuerdo que hace precisamente cuarenta y cuatro años, en su casa de Los Guindos, actualmente La Reina, que él llamó Michoacán, hizo donación a la Universidad de Chile de sus impresionantes colecciones de caracoles y mariposas, de la fabulosa biblioteca con tantos textos elzevirianos, primeras ediciones de Petrarca, obras completas de Víctor Hugo y tantos otros tesoros bibliográficos.

Evoco claramente aquel mediodía. Allí habló de crear una fundación que no se llamaría Pablo Neruda sino "Fundación para el Estudio de la Poesía". Estaba presente el Rector de la Universidad, Juan Gómez Millas, interesado en la tarea intelectual, el fomento de la cultura, la difusión de las ciencias y las artes. Nadie olvida que el fundador de esta Universidad, Andrés Bello, era poeta, hombre de letras. Siempre propuso y se esforzó para que ella fuera centro rector de las humanidades en este país. Cuando se dice humanidades se dice todos los hombres, todos sus sentimientos, toda su inteligencia. Y pensar que durante diecisiete años ella no tuvo rectores como Juvenal Hernández ni Juan Gómez Millas. Tuvo por rectores a generales, que nunca habían pasado por una universidad.

Como otros rectores, Eugenio González creyó que la Universidad de Chile debía ser casa matriz de la cultura. Ahora estamos de plácemes, porque creemos que la realización del ciclo destinado a Neruda, a veinticinco años de su partida física tiene un valor emblemático: abre de nuevo anchos espacios al espíritu a veces secreto, silenciado o proscrito de la poesía. Equivale a un intento de rescate. Simboliza una vuelta de Neruda a la Universidad de Chile y un reencuentro de ella con Neruda. Se trata de un acontecimiento de significados múltiples.

Dos plebeyos conquistan la luz

Sin embargo nunca faltan las tergiversaciones. Cuando se dice que sólo es el poeta del amor se le descoyunta en pedazos. El ser humano es una integralidad. Neruda es un todo. ¿Por qué esa intentona? Simplemente porque se pretende amputar al Neruda político.

Asombra e irrita a algunos la parábola de su trayectoria. En el fondo, como la de Gabriela Mistral, encarna una victoria moral del pueblo. Pues de él ambos proceden. Pensar que la muchachita perdida en el fondo del valle de Elqui, abandonada por su padre, sin ningún destino claro a la vista, cada vez que se levantaba y quería ver el cielo tenía que elevar los ojos muy en alto, porque la rodeaban treinta y tres cerros parados. Sobre todo uno, El Fraile, era como una gran pared negra, ferozmente erguida, vertical como el muro de una cárcel. Ella vivía en el encierro. Nadie percibió su estrella invisible. Pero perseveró contra todos los vientos. Aunque la sociedad local le opusiera mil barreras, llegó a ser coronada Reina de la Poesía por el monarca sueco.

Como personalidad Neruda es muy distinto, pero igualmente expresivo de la fuerza tantas veces aplastada de la gente que viene de abajo. Cuando Gabriela Mistral recibió el Premio Nobel el senador Ricardo Reyes dijo en el hemiciclo que su caso nos debe llevar a pensar en cuántos talentos latentes se pierden en el aislamiento de las aldeas, de las poblaciones modestas, en las honduras del pobrerío. Porque no tienen acceso a una educación plena. No se lo permiten a causa de una pavorosa sinrazón: la carencia de dinero. A todos nosotros, los hijos de la educación fiscal gratuita, nos parece una aberración contranatura que ahora la educación sea pagada. Ello implica una especie de sacrificio a lo Herodes, en que las inteligencias potenciales de multitud de niños y niñas del sector pobre de la sociedad son desperdiciadas. Ambos poetas se pronunciaron contra el genocidio precoz de la poesía y del saber.

El padre de Neruda no quería un hijo poeta. Le parecía deshonroso y humillante. Aquello no era serio ni menos una profesión. Tampoco aceptaba un hijo cantante (Rodolfo). Le resultaba sospechoso, casi obsceno tener un cantante en la familia. ¡Y el otro, poeta! Ser artista era ridículo. Los golpeaba con dureza. Neruda adoptó el seudónimo justamente para escapar a los castigos paternos. Escribía bajo disfraz. Neruda pudo vegetar como Gabriela. Los dos se salvaron. ¿Y los otros?

Poesía como autorretrato

Su poesía ha sido objeto de toda clase de interpretaciones. Para profundizar en su conocimiento hay que indagar en la persona. La poesía es su mejor autorretrato. Los pocos documentales cinematográficos que hay sobre él lo muestran como quien era, un ser natural y callejero, algo vagabundo. Un hombre sencillo, un plebeyo refinado. Sabiendo perfectamente lo que valía, no se daba ínfulas. Establecía de inmediato la relación de igual a igual con los demás. No le costaba hacerlo. Le fluía sin esfuerzo. Su particularidad residía en que esta persona de aire común y corriente expresó en su escritura los sueños y sentimientos de multitud de sus semejantes.

Consciente de sí mismo trataba de contener la vanidad. No sólo fue un hábil estratega. Además era buen táctico. Aunque en un momento diga, en otro sentido, "voy a vivirme", proclamaba su condición mortal (tal vez por ello escribía una poesía destinada al antiolvido). Aprendía, a contrario sensu de los colegas que se instalaban en un pedestal, hablaban como si fueran estatuas, adoptaban poses sublimes, decían frases para el bronce. Exagerando, recurre al contramonumento. Prueba de ello es su conocido antirretrato caricaturesco, divertido y en el fondo verídico. Se describe como "poeta por maldición y tonto de capirote". De tonto no tenía un pelo. Nunca he visto un poeta que, mirando la luna, el cielo, anduviera más con los pies en la tierra. Era un pajarón -así se describía- práctico. Se decía holgazán y era un trabajador de todos los días, con el horario de un obrero. Viniendo del sur, de un sur húmedo, dijo que quería viajar al norte, trasladarse de la lluvia al sol, de la soledad al mundo, para ir al encuentro de la amistad y la poesía. Y así lo hizo. Era un orgulloso autocontrolado, que anhelaba ser reconocido. Organizó la expansión de su poesía, que se convirtió en una de las creaciones literarias más imponentes del siglo. Lo hizo con discreción, perseverancia no exenta de paciencia, mucho trabajo y una dosis de astucia.

Penetración en zonas sombrías

Desde la aterradora incomunicación del Oriente parecía condenado a escribir en el vacío. Transcurren años sin que pueda intercambiar con nadie una palabra en castellano. Teme olvidar el idioma. Envía cartas desesperadas a Rafael Alberti a España, rogándole que le mande un diccionario, a fin de no caer en la amnesia por desuso de la lengua natal.

Era hombre que sacaba fuerzas de flaquezas. Allí estaba afrontando un mundo de claves impenetrables, con coordenadas a menudo ininteligibles. No comprendía sus creencias religiosas. No las compartía. A su juicio propendían a la pasividad del ser y a la perpetuación de las desigualdades, con sus castas y la segregación de los parias.

En el fondo del pozo renueva de pies a cabeza su poesía. Residencia en la Tierra es una penetración en zonas sombrías, a primera vista de difícil comprensión. Los nuevos versos sonaban herméticos, resultaban inhabituales. La explicación estaba en que se movía lentamente por climas y ambientes desconcertantes, en medio de realidades ceñidas a códigos ajenos. Alguna vez viajamos por países asiáticos, por tierras donde estuvo Neruda. Entonces todo en su primera Residenciase nos hizo transparente. El color, el aire, los monzones de mayo, la naturaleza salvaje, los vestidos morados de las mujeres eran los que el poeta describía, aunque aparecieran traspasados por cierta magia lejana.

En aquel continente sobrepoblado, con tantos capítulos inaccesibles, el único recurso disolvente de su soledad era el elemento femenino. De allí nacen poemas fascinadoramente terribles, como el Tango del Viudo. Es la confesión del hombre que escapa al amor celoso y posiblemente homicida. Desconfía y desea a la vez a la mujer que vela sus sueños y trama su fin. Esconde debajo de un cocotero el cuchillo del sacrificio ritual. Pero el hombre temeroso y ávido busca su cuerpo y su ser y también siente que debe abandonarla para sobrevivir.

Los resplandores del fuego

Sale de una selva espesa de furias, serpientes, dioses devorantes, desencuentros y sombras, cavilaciones existenciales que constituyen el trasfondo de Residencia, para reencontrarse más tarde en España con el castellano, con lo próximo, tal vez con la mitad de sí mismo, con la reunión amistosa, la fraternidad de García Lorca, Rafael Alberti, de la generación del veintisiete.

De pronto la fiesta se llena de duelo, de incendios, destrucciones, bombas. "Venid a ver la sangre por las calles". El fascismo se ha alzado en África contra la República Española. Él, que había desembarcado en la Península como un poeta que quería dedicarse a escribir una "poesía sin pureza", se ve precipitado a la acción bajo el fuego. No lo hace en forma torpe, del todo inexperta. Al fin y al cabo tenía el antecedente de su juventud, la participación en las luchas de los años veinte. Dirá a su modo la tragedia que lo rodea y se le mete por los poros. De allí nace el poema mayor, más entrañable surgido del conflicto. A juicio de Rafael Alberti, junto con España, aparta de mi este cáliz, de César Vallejo, España en el Corazón señala el punto más alto. Su conmoción lo marca para siempre.

Lo deja comprometido con el destino del hombre de allá y de aquí. Vuelve a América transformado en combatiente. Descubre la América suya. Ahora la redescubre desde adentro. Primero en México, "espinoso y florido". Luego emprende el descenso al mundo precolombino. Es a la vez el ascenso a las Alturas de Macchu Picchu. Convoca a fundir pasado-presente-futuro como un renacimiento. "Sube a nacer conmigo, hermano". Toma la palabra en representación de "los muertos de un solo abismo: Hablad por mi boca y por mi sangre". Se erige en portavoz.

Cuando recibe el Premio Nobel, la Academia Sueca sostiene que es el Poeta de la América violentada. Continuará siéndolo mientras América siga siendo violentada. Latinoamericano de raíz, es un bardo no solo de los cinco continentes terrestres. Lo es también del continente del amor, de la naturaleza, de las cosas, de la poesía como expresión de la sociedad y como contribución al surgimiento de una humanidad a la medida del hombre. En el camino se ha vuelto poeta profético, a la vez que vocero público, senador de la República, precandidato presidencial.

Personaje, mito, leyenda, fábula

Con el tiempo la persona Neruda va convirtiéndose en el personaje Neruda, en mito, en leyenda y a ratos en fábula. Los mitos, las leyendas, las fábulas los hacen los demás. Suelen tener un poder expansivo, un dinamismo multiplicado por la imaginación de las gentes. En ciertos momentos se tornan incontrolables.

El mito Neruda resulta válido si respeta su vida y su obra y se mantiene dentro de los límites de lo verosímil. Es inválido cuando propone un Neruda antinerudiano, cuando lo cercena, le atribuye una falsa identidad o cuando cae en el endiosamiento. El poeta ha sido víctima de excesos en uno y otro sentido.

El mercado le ha puesto encima un ojo codicioso. Neruda es hoy uno de los poetas más vendidos del mundo. No es malo ser un best-seller, siempre que no sea al costo de vender un producto falsificado ni lo reduzcan a estrella del consumismo, con su efigie en poleras, como lo hacen con el Che Guevara. El poeta corre diario peligro de secuestro, de que lo transen como divisa contable.

Chile fue un gran amor de Neruda. Si en "Veinte Poemas" dijo a la amada "quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos", deseó contribuir a que su patria fuera una tierra hermosa, el país de sus ideales. Lo embelleció. Lo cantó también en su contradicción. Los poemas aquí oídos, dedicados a Lautaro y Margarita Naranjo ejemplifican los dos Chiles, las dos caras de la moneda.

Así como nació atado a la muerte (su madre falleció pocos días después de darlo a luz), le tocó morir dentro de la gran muerte. Enfermo de cáncer, los médicos preveían para él más tiempo de vida, siempre que no se produjera algún empeoramiento súbito o que un golpe alevoso venido desde fuera, lo quebrantara irremediablemente.

Ese golpe vino el 11 de septiembre de 1973. El deceso de su compañero Salvador Allende lo remeció entero. La muerte se apoderó de Chile y aceleró la del poeta doce días después.

Un adiós que es un regreso

Sus funerales alcanzaron perfiles de tragedia griega. Habían inundado su casa La Chascona. Chile se sentía despavorido. Había cadáveres a todo lo largo del país. Mandaba la muerte, vestida de general o almirante -como vaticinó en un poema de Residencia. - Fue velado en una casa devastada. A la mañana siguiente un pequeño cortejo, vigilado por el ojo de las metralletas, avanzó por la calle, en un principio silencioso. Fue creciendo. De repente se rompió la mudez. Alguien gritó: ¡Pablo Neruda, presente, ahora y siempre! La gente contestó: ¡Presente! Cuando pasaron frente al Instituto Médico Legal, de donde habían sacado al cantor para sepultarlo, la multitud agregó: ¡Víctor Jara, presente, ahora y siempre!

Las exequias alcanzaron significación histórica, porque eran un abierto desafío a la muerte. Trece días después del golpe la gente se jugó la vida para acompañar a su poeta. No podía hacer menos. El poeta les había iluminado la vida. Les había hablado como nadie del amor. Les había dado las palabras para decir algo en los entierros que en esos días abundaban como nunca y para buscar y llorar a los desaparecidos sin tumba conocida. Les había dado los versos para celebrar las cosas grandes y pequeñas. Les entregó toda su poesía, les legó como herencia una suerte de gran enciclopedia de su odisea. Porque fue un secretario de la historia. Ese pueblo no podía abandonar a su poeta que nunca lo había abandonado. Lo acompañó con peligro de muerte en el último camino, que abría la puerta a su posteridad.

Hoy, a un cuarto de siglo, Neruda está en este salón, como estuvo por primera vez casi ochenta años atrás. Anda por todas partes. Hace tres días en Quito, en el corazón de los Andes, vimos que se le recordaba como ahora se le recuerda aquí. Porque su poesía está viva, es un poeta viviente.