Introducción

La vida poesía de Neftalí Reyes-Pablo Neruda se despliega con el siglo XX, uniendo como simbólico puente floral los tres gobiernos más progresistas ostentados por la historia nacional: José Manuel Balmaceda (Escuelas Primarias, Astilleros de Talcahuano, FF.CC. del Sur, Liceo de Temuco, Instituto Pedagógico, 1889); Pedro Aguirre Cerda (Winnipeg, México, Macchu Picchu, 1943), y Salvador Allende (Embajador en Francia, Premio Nobel, 1971), conexión sustentada en los sólidos y subterráneos pilares construidos desde esta Casa de Estudios por Andrés Bello, Ignacio Domeyko, Valentín Letelier y Domingo Amunátegui, constituyéndose en mansión central de la cultura chilena.

Durante su etapa infanto-adolescente, un tanto distante, geográfica y psíquicamente, de los hechos mundiales de la época (Primera Guerra, Revolución Rusa, Movimiento Estudiantil de Córdoba), Neftalí Reyes elabora en Temuco un larvado proceso de transformación identitaria personal, y no sólo por temor al padre, el cual alcanza su culminación en Octubre de 1920, al firmar un poema, Hombre, con su nuevo y autocreado nombre: Pablo Neruda.
Varias figuras significativas fueron determinantes en su proyecto vital; la principal, en lo endogámico, la siempre presente ausencia de su madre Rosa, cuyo nombre se convertirá en la metáfora de las metáforas poéticas del nuevo personaje, su coercitivo padre y la sencilla mamadre, sus hermanastros: Rodolfo, el mayor, y Laura, la menor, la ‘conejita’ de las ‘Cartas’. Luego, en lo social, las de Carlos Mason, Gilberto Riffo (Juvencio Valle o ‘Silencio’), Augusto Winter (Puerto Saavedra) y su pariente Rudecindo Ortega. Fueron años de lluvia, biógrafo, bosques, ñachis, veraneos en la playa, boticas, pájaros, trenes, escarabajos, retrato materno y lecturas, en las que transfiguraba su enlutada introversión el esmirriado huérfano

En el ámbito liceano emerge la figura ductora de un Maestro, semi-olvidado, incluso por el propio discípulo: el profesor de francés Ernesto Torrealba, egresado del legendario Pedagógico. Él será quien oriente e incentive las lecturas que irán troquelando el destino del voraz adolescente: Gorki, Baudelaire y sus Les Fleurs du mal, y el siempre admirado Rimbaud, labor culminada en 1920 por la Directora del Liceo de Niñas, Gabriela Mistral. Mientras, el profesor Torrealba abandonaba Temuco, y tras breve estadía en el Pedagógico, se dirige hacia Europa, como corresponsal de La Nación, produciendo dos notables obras de prosa referidas: una a París (Sentimental y pecador, 1925), y otra a Holanda (El país de Esmeralda, 1926). Adelantó, pues, el Maestro, y quizás señaló la ruta del discípulo, no sólo hacia París sino también al inicial Oriente, desde donde Neruda operó, también, desde 1927 como colaborador de La Nación y donde, en una colonia holandesa (Batavia) en su rol de lejano Cónsul chileno, encontraría una esmeralda, la holandesa María Antonieta Hagenaar, su primera esposa y madre de su única hija: Malva Marina, fallecida a los pocos años.

Fue, pues, el profesor Torrealba el contacto inaugural en la dialéctica relación entre el poeta y la Universidad de Chile; el segundo aparece aquel mismo año 1920, cuando el 21 de Julio es asaltada la quinceañera FECH, buscando refugio en Temuco el dirigente José Santos González-Vera. Uno de sus contactos fue el joven Presidente del Ateneo Literario de Temuco y Pro-Secretario de la Asociación de Estudiantes de Cautín, Neftalí Reyes; se concreta un tercer nexo al convertirse éste, a poco andar, desde octubre, en corresponsal de la naciente Revista Claridad de la FECH, órgano difusor de las inquietudes juveniles y, a la vez, de las primeras producciones poéticas y reflexivas del también naciente poeta Pablo Neruda; el último eslabón temuquense, apenas salvado para subir la escalera universitaria, fue una difícil Prueba de Bachillerato, bajo la tuición de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

Residencia santiaguina y pasantía pedagógica: amor, pobreza y poesía

Con dos Premios en la mochila (Juegos Florales, Cauquenes, 1919, y Fiesta de la Primavera, Temuco, 1920), siempre en el corazón la tristeza por su sempiterno duelo materno y ahora por la separación de su polola Terusa, la reina saludada de aquella Fiesta, Neruda arriba desde el tren nocturno del sur a Santiago, para seguir la onda del Maestro: estudiar Pedagogía en francés en el Instituto Pedagógico.

Su trayectoria estudiantil fue poco esforzada y menos brillante. Matriculado en Marzo de 1921 como Neftalí Reyes Candia, cursa durante 4 años las siguientes materias: 1er. Año: Francés (4); Lingüística (5) y Latín (4); 2º Año: Francés (4) y Pedagogía (4); 3er. Año: Francés (4); Latín (3) y Pedagogía (3); en 1924, aparece matriculado y cursando Filosofía y Pedagogía, sin llegar a presentarse a exámenes finales. Dada la vida bohemia y menesterosa que llevaba, ‘mis estudios se resintieron’, confiesa el poeta. En verdad, además, nunca fue su vocación la Pedagogía ni menos su predilección los estudios psicológicos, que siempre rehuyó defensivamente, guardando distancia con respecto a toda actividad crítico-interpretativa de su obra.

Para aquel entonces estudiaban en la Universidad de Chile 4.500 alumnos, con un 25% de mujeres, mientras el Instituto Pedagógico contaba con 1100 estudiantes, de los cuales el 50% eran mujeres. En el curso de Francés de Neftalí Reyes ingresaron (1921) 96 alumnas y 88 alumnos, finalizando matriculados en 4º año (1924) sólo 12 alumnas y 5 alumnos, uno de ellos nuestro personaje. Las nóminas de estudiantes se separaban rigurosamente, hasta los años 50, en mujeres y hombres, y se evaluaba por una extraña escala de notas con letras, la cual sólo fue modificada en 1929, en que entra a regir la conocida de 1 a 7. Durante aquel lapso las autoridades universitarias fueron: Rector de la Universidad de Chile: Domingo Amunátegui; Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades: Luis Barros Borgoño, y Directores del Pedagógico: Arcadio Ducoing (1919) y Enrique Nercasseau (1922). Ejercían cátedras consagrados docentes y pioneras figuras de la Educación chilena: Luis Tirapegui y Pedro León Loyola (Filosofía y Psicología); Darío Salas (Pedagogía); Francisco Zapata, Rodolfo Lenz, Antonio Diez (Francés); y Rodolfo Oroz (Latín). Este último, nos declaró hace poco, antes de morir, que lo aprobó sólo por ser buena persona y por vislumbrar la promisoria genialidad del discípulo.

Según consta en Actas de la Facultad, de 11 de Abril de 1923, se nombra como Académica a Amanda Labarca: "la primera mujer que en carácter de miembro docente, ingresa a la Universidad".

Desde la primera pensión, de las varias en que se residenció, en Maruri Nº 513, empieza Neruda la febril actividad creativa, perfeccionada en el viejo Pedagógico de Cumming con Alameda. Allí encontró, primero, una razón para el paulatino olvido de Teresa y, pronto, un motivo para recordar toda su vida: ella se llamaba Albertina Rosa Azócar, hija de maestros, venía de Arauco y era estudiante de Pedagogía en Francés. En definitiva, ambas, sus memoriales Terusa y Rosaura, al igual que Rosa en 1904, lo abandonaron, la primera en 1924 (‘Album Terusa’ 1923), y la segunda, en 1929 (‘Cartas a Eandi’). Las dos figuras, las de Marisol y Marisombra de sus Veinte Poemas…, fueron dibujadas sobre el fondo arquetípico de la imagen materna, la Rosa amada, perdida y recuperada por la mediación simbólica y salvatoria que sólo la poesía, la terapia o la fe pueden procurar al ser humano en condición deprivada o doliente. El poeta rememorará así aquellos primeros años 20, desde Isla Negra, en abril de 1973:


"Mis recuerdos recorren tiernamente la vieja escuela universitaria, el Pedagógico, en que conocí la amistad, el amor, el sentido de la lucha popular; es decir, el aprendizaje de la conciencia y de la vida. De aquella escuela y de mis alojamientos sucesivos de estudiante pobre salieron a las imprentas mis primeros libros…Aquellos amores gozosos, lancinantes y efímeros, todo esto condicionó mi existencia. Nuestros pasos más serios iban hacia la Federación de Estudiantes de la calle Agustinas…".

Durante esta etapa su centro difusor fue la Claridad de la FECH, a cuya gestora voz poética, Domingo Gómez Rojas, encarcelado y mártir del asalto a la Federación, vendría a substituir volando desde los bosques de la Araucanía. En el primer año, su poema Canción de la Fiesta resultó ganador en los Juegos Florales de la FECH, y publicado en Claridad (Nº 23, en su primer aniversario, el 15 de octubre de 1921). Durante el lapso 1921-1926 el poeta escribió, con los seudónimos Sachka y Lorenzo Rivas, varias decenas de contribuciones: poemas, prosa, traducciones y ‘carteles’, junto al médico y dirigente anarquista Juan Gandulfo. Allí compartían espacio y amistad los jóvenes de la ‘generación del 20’, entre ellos: Víctor Barberis, Rosamel del Valle, Aliro Oyarzún, Rubén Azócar, Tomás Lago, Romeo Murga, Yolando Pino, Jorge Millas, Homero Arce, Diego Muñoz, Alberto Rojas Giménez ‘viene volando’, Juan Gómez Millas, Rául Silva Castro, Mariano Picón-Salas… Entre otros, sus líderes fueron: Pedro León Loyola, Alfredo Demaría, Daniel Schweitzer, Santiago Labarca, Carlos Vicuña, Eugenio González, Luis Gómez Catalán, David Navea, Luis Troncoso, quienes departían con los escritores grandes de la época: Vicente Huidobro, Mariano Latorre, Pedro Prado, Joaquín Edwards, Gabriela Mistral, Roberto Meza Fuentes, Pablo de Rokha, Manuel Rojas, José S. González-Vera. Tiempos de efervescencia obrero-estudiantil, de la crisis salitrera y de espíritu anarco-sindicalista, cuyos efluvios apenas si contagiaban el enlutado espíritu del jefe e integrantes de la banda nerudiana, vestidos de negra capa y sombrero alón. Sin embargo, desde sus años liceanos, Neruda leía y traducía con fruición al anarquista Jean Grave y, luego, al ruso Leónidas Andreiev y su Sacha Yegulev. Pero, fue más fuerte y decisivo el deseo de expresar a través de la escritura su propia y enrevesada subjetividad, la terrible pugna erótico-tanática que lo envolvía.

Así nacieron, entre sincréticas y confusas vivencias de soledad, pobreza y fuertes necesidades de amor, sus primeras obras poéticas. La primera, Crepusculario (1923), dedicada a su amigo Juan Gandulfo, a su vez, inauguraba el críptico y diacrónico canto lírico sin fin a Rosa, su ancestral amor ausente. A partir de este ‘desconsolado jardín adolescente’, el sembrador y herbolario de rosas, cubrirá y preservará sus secretos cultivos con sustantivos y adjetivos nombrándola e invocándola incansablemente, aún en el final del viaje, en su Jardín de invierno (1974), el más grave en su metamorfoseada y alucinante vida. El cuerpo textual de la obra anunciaba al poeta grande, tal como lo advirtiera, consagrándolo, el profesor del Pedagógico, Pedro Prado: ¡Poetas: éste no es un libro más. Es el augurio de que un gran poeta está naciendo entre nosotros!".

Lo que expresaba el hablante poético en este primer libro juvenil es la substancia apenas transmutada de lo que siente el yo-sujeto: "Los brazos abiertos de un niño/ que muere a la llegada de su hermana/ Ah triste mía…/por ti mi hermana no viste de luto/… este deseo mío de que todo rosal me pertenezca; aquel amor perdido/ es una rosa blanca que se abre en silencio;/ deshoja su rosal de desconsuelo; al recibir tus carnes y tus huesos/ rosas de pulpa con rosas de cal".

Resulta paradojal el hecho de que su segunda obra, sus hoy inmortales Veinte Poemas…, estuviera a punto de no ser editada, dado el riesgo en la gestión económica y la peligrosa semántica erótica que portaba consigo. A la salvatoria intervención del escritor y gran señor, Eduardo Barrios, se debe que hoy podamos conmemorar 74 años de su primera Edición, en 1924. De sus numerados Poemas refiere su autor: "son el romance de Santiago, con las calles estudiantiles, la universidad y el olor a madreselva del amor compartido…Los trozos de Santiago fueron escritos entre la calle Echaurren y la Avenida España y en el interior del antiguo edificio del Instituto Pedagógico… Marisol es el idilio de la provincia encantada con inmensas estrellas nocturnas y ojos oscuros como el cielo mojado de Temuco. Marisombra es la estudiante de la capital…". Lo que deja silente aquí Neftalí-Pablo es el metamensaje implícito en el texto poético, la reiteración de su obsesiva fijación en la maternal imagen de un retrato y la innombrada y no numerada palabra-clave: "Muda, mi amiga,/ sola en lo solitario de esta hora de muertes/ Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro/…tus ojos ausentes/ hembra distante y mía/ de tu mirada emerge a veces la costa del espanto/…En mi tierra desierta eres la última rosa…frescos brazos de flor y regazo de rosa/ Abeja blanca, ausente/…Ah silenciosa…el velero de rosas dirijo, torcido…/embriagadoras rosas...Haz una cruz de luto entre mis cejas /Vientos de los sepulcros acarrea…tu raíz soñolienta…la muerte, el invierno/ con sus ojos abiertos entre el rocío…distante y dolorosa como si hubieras muerto… Mi alma nace a la orilla de tus ojos de luto / En tus ojos de luto comienza el país del sueño… Tú estás lejos, ah más lejos que nadie/ enterrando lámparas / campanario de brumas, qué lejos, allá arriba!…Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante/ Me miran con tus ojos las estrellas más grandes…/Mi alma no se contenta con haberla perdido… Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí / a tíi en esta hora húmeda, evoco y hago canto/ Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme/ en la tierra de tu alma / y en la cruz de tus brazos…/ Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas/… los racimos arden /… es la hora de partir, Oh abandonado".

Para que no quede duda alguna sobre la secreta entraña poética y principal destinataria de este Poemario, nos remitimos al Prólogo francés (1960) de la publicación de estos adolescentes poemas, en el cual nos dejara una claroscura señal: "Los ojos de mujer que en este libro se abren fueron cerrados por el tiempo…".

Entretanto, decenas y decenas de Profesores de Estado en Castellano difundieron, criticaron y regaron los versos nerudianos por todos los surcos de la patria, y más allá, sobrevolando las peripecias de crisis económicas, de guerras y exilios, hasta asentarlos en los corazones y en las bocas de otros adolescentes enamorados, replicándose en piezas musicales y canciones, hasta que, con ardiente paciencia, nuestro Antonio Skármeta, desde el exilio de su Pedagógico, a través del teatro y del cine, lo transformó, tal vez contrariando al poeta, en solidario y freiriano pedagogo del humilde e ilusionado postino Mario Ruópolo.

El amor, el canto, la amistad universitaria y la lucha continúan.

Por su parte, el poeta llegaba con los 30 al pozo del subjetivismo, perdido en el Oriente (1927-1932), hasta que la Guerra Civil Española (1937), la muerte real (del nombre) del padre y de la mamadre (1938), la experiencia latinoamericana, incluidas Macchu Picchu (1945) y su propia vivencia de la clandestinidad y el destierro de la patria chica (1948-52), lo inducen a adoptar las banderas del humanismo bellista, del ideario comunista (1945) y de la lucha social por la paz (1950).

En este tiempo, dos nuevos nombres vicariantes del profundo amor no encontrado, atravesarán el corazón del poeta: uno, orientador y maternal, el de Delia del Carril (1934), la infatigable y artística ‘Hormiguita’, y el otro, construido, involucrante y definitivo: Rosario de la Cerda, la innombrada de Capri, Matilde Urrutia (1949), la meteórica y desterrada aparición de medusa que lo envuelve y devuelve a las uvas y vientos de su olvidada tierra natal: "Sentí que me tocabas/ debajo de la tierra…/ yo conozco esa rosa / yo conozco la sangre de esa rosa/ como un sabor de flor que conocía/ algo tiñó mis labios con el licor oscuro/ de las plantas silvestres de mi infancia…ella no es ella, ella es otra/ algo crepita en ella que me llama/ toda la tierra que me dio la vida/ está en esta mirada". Así se produce un semi-cierre del círculo temporal, terrestre y lunar, en el corazón de Neftalí-Pablo, pudiendo dedicarse, más liberado, a los muchos deberes que sus compromisos con el pueblo chileno y latinoamericano le demandaban.

En Chile, desde temprano acompañaron al poeta en su deambular y en sus residencias, una pléyade de biógrafos, críticos, antagonistas, continuadores, exégetas, muchos de ellos formados o formadores en las aulas de la Universidad de Chile: Gabriela, su Rosa de papel, Hernán Díaz, Alejandro Lipschutz, Arturo Aldunate, Alfonso Escudero, Benjamín Subercaseaux, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Félix Schwartzmann, Angel Cruchaga, Ricardo Latcham, Mariano Picón-Salas, Raúl Silva Castro, Tomás Lago, Alfonso Bulnes, Héctor Fuenzalida, Lenka Franulic, Oreste Plath, Jorge Sanhueza, Juvencio Valle, Eleazar Huerta, Guillermo Rubilar… Tras su partida física en 1973, la continuidad de su legado y su gradual recreación literaria han tenido expresión permanente en el campo de las letras, a través de compatriotas y universitarios, algunos ya idos, la mayor parte trabajando su vidapoesía en este 25º Aniversario y con vistas a su ingreso en el ‘2000’. Un catastro de tales nombres, tentativo y nada exhaustivo, lo conforman: Francisco Coloane, Fernando Alegría, Margarita Aguirre, Eduardo Anguita, Luis Oyarzún, Humberto Díaz C., Mario Ferrero, Mariano Aguirre, Guillermo Atías, Luis Merino R., Cedomil Goic, Volodia Teitelboim, Jaime Valdivieso, Enrique Lafourcade, Luis A. Sánchez, Gonzalo Rojas, Alfonso Calderón, Hernán Loyola, Carlos Santander, Antonio Avaria, Armando Uribe, Jaime Concha, Matilde Urrutia, Manuel F. Mesa, Mario Rodríguez, José M. Varas, Hugo Montes, Jorge Edwards, Delia Domínguez, Nelson Osorio, Virginia Vidal, Hernán Vidal, Eulogio Suárez, Poli Délano, Jaime Giordano, Eugenia Neves, Juan Villegas, Ariel Dorfman, Grínor Rojo, Naín Nómez, Eduardo Carrasco, Hernán Soto, Luis A. Mansilla, E. Szmulewiz, Juan Loveluck, Jaime Blume, Carlos Orellana, Omar Lara, Isabel Allende, Miguel Rojas Mix, Oscar Hahn, Jorge Teillier, Enrique Bello, Soledad Bianchi, Manuel Jofré, Víctor Farías, Malú Sierra, Federico Shopf, Carmen Foxley, Edmundo Concha, Sara Vial, Jaime Quezada, Carmen Balart, Raúl Zurita, Floridor Pérez, Sergio Villegas, Germán Marín, Faride Zerán, Oscar Aguilera, Rafael Aguayo, Bernardo Reyes, Elicura Chihuailaf, Mariluz Ortiz de Rozas…, y tantos otro(a)s, diseminado(a)s por países del mundo o por las provincias de Chile, su ‘pequeño pétalo, de mar, y vino y nieve’.

¡Cuántas veces quienes (des)vivimos en el destierro desde los 70, nos sentimos plagiados con el lenitivo Cuándo de Chile que nos regalaba Pablo renaciendo desde su último destierro. Entre otros espacios creados durante el exilio chileno, en 1978, se funda la Revista Araucaria de Chile, en la cual tantos de los nombres citados, muchos exonerados de esta nuestra Universidad, reciclaron la impronta nerudiana, irradiando luces hacia la apagada cultura nacional y "trenzaron un lazo de unión entre los chilenos de la diáspora", como expresara su Director Volodia Teitelboim, en Madrid, al cumplir la Revista su primer quinquenio. El Nº 26, de 1984, se dedicó como Homenaje al poeta: se cumplía su 80º Aniversario natal y el 60º de los Veinte Poemas de Amor y una Canción desesperada.

Amén de Revistas y publicaciones, tanto nacionales como extranjeras, conteniendo producciones o referencias focalizadas en nuestro personaje, la Universidad de Chile, a través de sus centenarios Anales guarda las suyas, especialmente en sus ediciones de 1964 (CXXII, Nº 131) y de 1971 (CXXIX, Nº 157-160), así como en múltiples revistas internas y en su ya legendaria Editorial. Acorde con los tiempos, en Internet existe ahora una página WEB universitaria en la que se encuentran, junto a su amiga Gabriela, los indicadores icónicos y textuales más relevantes de la variada vida y prolífica producción artística del poeta.

La donación de su Biblioteca a la Universidad de Chile

Antes de cumplir medio siglo de vida, Neruda inicia un cuidadoso proyecto de Fundación institucionalizada en pro de la poesía nacional, para lo cual concentró su gestión en la Universidad de Chile. Por escritura pública de 19 de Noviembre de 1953, ante la Notaría Bravo-Gálvez de Santiago, le hace donación de su Biblioteca personal, con 6.550 volúmenes físicos, más de 3.500 obras (hoy se habla de la existencia de alrededor 5.000 volúmenes), 1000 Revistas y Manuscritos. La donación incluyó 40.000 caracolas, número ratificado por Jorge Sanhueza, con fecha 5 de marzo de 1962. En 1987, el Director de la Biblioteca Central, Alamiro de Ávila, quien ejercía el cargo desde 1961, al informar públicamente de la catalogación de caracolas por la experta, Sra. María Codoceo, informa de la existencia de "6.391 conchas, que componen la colección de Neruda". Faltarían, pues, más de 30.000. Se suman a lo anterior, valiosos materiales iconográficos, almanaques antiquísimos, autógrafos, ediciones originales e incunables, y numerosos ejemplares de su propia obra, en ediciones tanto chilenas como internacionales. El cultivo del espíritu y de la letra, de Oriente, de Europa y de América, junto a textos científicos, de malacología y ornitología, o de historia natural y crónicas de viajeros, conforman una formidable colección pletórica de humanidad.

Resulta interesante consignar la existencia, a veces repetida, del foco temático de autores, artífices de transformaciones o metamorfosis, como Esquilo, Sófocles, San Pablo, Ovidio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Dumas, Defoe, Hugo, Proust, Stevenson, Poe, Wells, Holmes…; también otros relacionados con el mágico y ya consagrado linaje literario de la palabra Rosa, como: J.H. Bernardin de S-P, Pallas Petrus, Pierre Ronsard, Guillaume de Lorris, Francisco de Quevedo, Francisco de Novalis, Charles Baudelaire, Rubén Darío, entre ellos. Connotamos la presencia de esta significativa red semiótica, en pro de nuestra tesis de que con el cambio de nombre que el adolescente Neftalí decidió, no sólo se trató de practicar la moda del seudónimo o de engañar al restrictivo padre, sino que estaba en juego un proceso generativo, simbiótico con la palabra-símbolo ‘rosa’, fraguado con paciencia e inteligencia, para lograr una metamorfosis o transubstanciación integral como poeta y como persona, asumiendo una nueva identidad psico-social. Sobre esta delicada situación el personaje nos ha dejado varios indicios que, inexplicablemente, no han sido suficientemente atendidos ni entendidos: a) "Si me preguntan qué es mi poesía debo decirles, no sé; pero si le preguntan a mi poesía, ella les dirá quién soy" (1943); b) "Yo, el anterior, el hijo de Rosa y José/ soy/ mi nombre es Pablo Neruda, por arte de /palabra" (1964). Para refrendar esta línea hermeneútica, nos orienta, también, el aserto de Hernán Loyola, su exégeta mayor, exonerado del Pedagógico, hoy en Sassari, Italia: "Toda la obra de Neruda es, en un cierto nivel, una difícil recuperación de recuerdos, buscando superar una escisión originaria y radical " (1987).

Pero, volvamos a aquella magnífica donación bibliográfica a nuestra Universidad. El Rector, también magnífico, Profesor Juan Gómez Millas, en Oficio Nº 58, de 4 de Enero de 1954, junto con agradecerla, le señala que, por Acuerdo del Consejo Universitario, la Biblioteca constituirá "un organismo académico destinado al estudio de la poesía en sus fuentes y en su desarrollo con acentuación especial en el examen de la poesía americana".

Paralelamente, en aquella fecha, Enero de 1954, Neruda dictó una serie de cinco conferencias sobre su vida y obra, en el marco de la Escuela de Verano de la Universidad de Chile (Salón de Honor), publicadas posteriormente en revistas como O’Cruzeiro, en Brasil, o Ercilla y Vistazo, en Chile, y dos de ellas en textos (Infancia y poesía y Algunas reflexiones sobre mi vida y poesía).

El acto de entrega oficial de la Biblioteca se llevó a cabo el 20 de junio de 1954, en Lynch Nº 164, con sendos discursos del Rector y de Neruda, publicados por la Editorial Universitaria. El poeta así dijo: "la entrego a la Universidad por deber de conciencia y para pagar, en parte mínima, lo que he recibido de mi puebloEsta Universidad no nació por decreto, sino de las luchas de los hombres, y su tradición progresista…viene de las sacudidas de nuestra Historia y es la estrella de nuestra bandera". Y es en esta Universidad, el centro cognitivo del país, el lugar en el cual el poeta es homenajeado pocos días después, al cumplir los 50 años. Entonces, colocó en el centro de su discurso la frase justa y necesaria: "bien vale la pena haber vivido si el amor nos acompaña".

Neruda intentó, sin lograrlo, establecer una Fundación para el estudio de la poesía; sin embargo, años después de su muerte, en plena Dictadura, se concreta su sentido proyecto a través de la creación de la ‘Fundación Pablo Neruda’ (1986), con variadas tareas de conservación, difusión y recreación del legado material y cultural del poeta. Son muchos los nombres comprometidos, las actividades realizadas (‘talleres de poesía’, desde 1988), los textos y publicaciones (Boletines y Cuadernos, entre ellas), los espacios y contactos alcanzados, y las mutiplicaciones informáticas que esta Fundación ha llevado a cabo, por lo cual queremos simbolizarlos nombrando sólo a dos personas, ambas ligadas a la Universidad de Chile; una, su viuda, Matilde Urrutia (ex-alumna del Conservatorio de Música, y funcionaria del Instituto de Extensión), quien dejara listo el Proyecto, antes de ir a reunirse (1985) con Nefatlí Reyes-Pablo Neruda; y otra, el Presidente-fundador y actual de la Fundación, el abogado y académico Juan Agustín Figueroa, a cuyos sacrificios y tesón, junto a los de tantos, presentes y ausentes, de aquí y de allá, se debe en alto grado tan loable logro para la cultura nacional, latinoamericana y universal.

La Universidad de Chile preserva y difunde la obra del Académico Pablo Neruda

Cuando los aires de la Reforma Universitaria ya soplaban sobre las viejas estructuras universitarias, el 30 de Marzo de 1962, en Macul 774, la Facultad de Filosofía y Educación, recibe a su ex-alumno, designándolo como Miembro Académico ‘en reconocimiento a su vasta labor poética de categoría universal’. El acto de homenaje estuvo presidido por dos viejos amigos, desde aquellos gloriosos años 20: el Rector Juan Gómez Millas y el Decano Eugenio González Rojas. El Profesor de Física, Nicanor Parra, su par, tuvo a su cargo el Discurso de recepción. La pieza oratoria del nuevo Académico se articuló sobre ‘dos nombres de esclarecidos escritores, ambos antiguos miembros de esta Facultad’, titulándola: Latorre, Prado y mi propia sombra. En ella nos agrega preciosas claves para descifrar su arcano mensaje:
"Mi poesía debía mantenerse secreta, separada en forma férrea de sus propios orígenes…Todo eso lo dejé yo en compartimiento cerrado destinado a mi transmigración, es decir, a mi poesía, siempre que yo pudiera sostenerla en aquellos compartimentos letales, sin comunicación humana".
Al agradecer el honor concedido culmina sus palabras diciendo que "entre todas las instituciones de mi patria, aprendí a amar y respetar a la Universidad…".
Consecuentemente con su predicada avidez para los olvidos, en su Discurso brillan por su ausencia los nombres de sus maestros, entre ellos, el de su profesor de Francés, Ernesto Torrealba, y muy especialmente, el de Andrés Bello. Excepcionalmente, Torrealba es apenas recordado en París como "profesor de Francés en el cielo", y sus profesores del Pedagógico, los Rodolfos Lenz y Oroz, serán respaldados públicamente por el ex-alumno para lograr que la Universidad de Chile publicase el Diccionario Araucano del primero. En cuanto al nombre de Andrés Bello, postergado en pro de su apoyo a Sarmiento (polémica de 1842), apenas es consignado, con algún reconocimiento, dos o tres veces en el corpus textual total de su obra (en Santiago, 1953, y en Caracas, 1959).

Durante la otra década gloriosa nacional, la de los 60, la letra de Pablo Neruda se expande hacia las artes escénicas, primero, a través de la traducción de Romeo y Julieta, de su viejo padre literario, William Shakespeare y, luego, por una creación propia: Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, ambas representadas por el Instituto de Teatro de la Universidad de Chile (ITUCH), estrenadas en sendos octubres de 1964 y 1967, respectivamente. El poeta tuvo amigos del alma en el mundo del Teatro, quienes han aportado lo suyo en la difusión y representación de sus obras: Pedro de la Barra (fundador del ITUCH, 1941), Pedro Orthus, Rubén Sotoconil, Agustín Siré, María Cánepa, Roberto Parada, Inés Moreno, Jorge Boudon, Franklin Caicedo, Bélgica Castro, Héctor y Humberto Duvauchelle, María Maluenda, Marés González, Mario Lorca, Naldy Hernández, Marcelo Romo, Orietta Escámez, por nombrar a algunos. Igualmente sus poemas se han musicalizado, alcanzando muchos de ellos categorías clásicas, en especial los Veinte Poemas y el Canto General, resonando sonetos y acariciando olas y odas en cintas, videos y discos compactos, con aportes de Acario Cotapos, Vicente Bianchi, Sergio Ortega, el Conjunto Millaray, Héctor Pavez, Víctor Jara, Luis Advis, Aparcoa, Quilapayún, Los Jaivas, los Parra, Hugo Arévalo-Charo Cofré, Roberto Bravo, ‘Illapu’, Hernán Ramírez, Manuel López, entre otros. Finalmente, en el área de las Artes Plásticas se dibujaron, plasmaron y esculpieron sus portadas, íconos y variada temática poética a través de las manos de muchos artistas, tales como Mario Toral, Israel Roa, Nemesio Antúnez, José Balmes, Mario Carreño, Gregorio de la Fuente, Mary Martner, Roberto Matta, Roser Bru, Julio Escámez, Laura Rodig, José Venturelli, Sergio Montecino, René Poblete, Ida González, Rafael González… y en las innmurables de los artesanos del pueblo, o se reflejaron a través de los lentes de Manuel Solimano, Sara Facio o Luis Poirot.

El diacrónico vínculo con el Maestro don Andrés Bello

Hemos dejado para el final una relación originalísima, que es parapsicosocial, subterránea y alada, entre el Rector cultural Andrés Bello y el poeta Neruda.

En 1823, cuando Bolívar, poseído por el dios de Colombia y del Tiempo escribía su Delirio sobre el Chimborazo, Bello, perdido en Londres, invocaba a la Poesía a que volara a la América: "¿qué morada te aguarda?/ ¿qué alta cumbre,/ qué prado ameno, qué repuesto bosque/ harás tu domicilio?…/ ¿o más bien te sonreirán, Musa, los valles/ de Chile afortunado, que enriquecen/ rubias cosechas, y suaves frutos;/ do la inocencia y el candor ingenuo/ y la hospitalidad del mundo antiguo/ con el valor y el patriotismo habitan?". Exactamente cien años después, en 1923, un joven poeta publicaba su primera obra: Crepusculario, en aquellos valles de Chile afortunado.

En el Discurso Inaugural de esta Universidad, en 1843, su Rector-Fundador, el Humanista por antonomasia del siglo XIX chileno, expresará:
"La Universidad, alentando a nuestros jóvenes poetas, les dirá tal vez: ‘Si queréis que vuestro nombre no quede encarcelado entre la Cordillera de Los Andes y el mar del Sur, recinto demasiado estrecho para las aspiraciones generosas del talento; si queréis que os lea la posteridad, haced buenos estudios, principiando por el de la lengua nativa. Dejad los tonos muelles de la lira de Anacreonte y de Safo; la poesía del siglo XIX tiene una misión más alta…¿y cuántos temas grandiosos no os presenta ya nuestra joven República? Celebrad sus grandes días; tejed guirnaldas a sus héroes; consagrad la mortaja de los mártires de la patria…".

Consideramos que este mensaje, fundacional y orientador para la poesía nacional, demoró exactamente cien años en tener efectos pragmáticos. Hacia los años treinta, Neruda aún se debatía en los muelles y angustiosos tonos egocéntricos y líricos; tras un larvado proceso que incluye su Canto para Bolívar (despierto cada cien años cuando despierta el pueblo, 1941) y su experiencia perceptual de Macchu Picchu, en 1943, genera un segundo cambio radical de su identidad psico-social y, correlativamente, de ‘arte poética’, así relatado por él mismo:
"Las horas amargas de mi poesía debían terminar... Me pareció encontrar una veta enterrada, no bajo las rocas subterráneas, sino bajo las hojas de los libros ¿Puede la poesía servir a nuestros semejantes? ¿Puede acompañar la lucha de los hombres? Ya había caminado bastante por el terreno de lo irracional y de lo negativo. Debía detenerme y buscar el camino del humanismo, desterrado de la literatura contemporánea, pero enraizado profundamente en las aspiraciones del ser humano. Comencé a trabajar en mi ‘Canto General".
No es casual, pensamos, que en la comentada Biblioteca de Neruda, ocupen lugares privilegiados tres obras, en sus ediciones originales: La Araucana de Ercilla, la Histórica Relación del Reyno de Chile, del padre Ovalle, y el Repertorio Americano’, de Bello (edición Eckerman de Londres, en 4 Tomos), las cuales fueron fuentes primarias de esa riada americana que es el Canto General.

¡Qué duda cabe que el poeta, conscientemente o no, estaba cumpliendo el señalamiento del Maestro! ¡Qué duda cabe que la ‘alta cumbre’ que aguardaba llevaba por nombre Macchu Picchu, que la Poesía se vino a exprimir en las uvas maternales y a volar con los vientos puelches de Parral, a morar en los campos de aromos rubios de Loncoche, y a renacer en los bosques de Temuco, en la misma y propia tierra de los araucanos Lautaro y Caupolicán, cantados por Ercilla y por él mismo en sus Silvas; ¿qué alumno de la ‘Casa de Bello’ y nombre de la poesía chilena llevó a su más representativa expresión aquel señero mandato del Rector?; ¿quién cumplió esa ‘misión más alta’?; ¿qué nombre de la poesía, de la mano con Gabriela, trascendió los límites de la comarca, y cantó los temas allí señalados por Bello?. Con perspicacia, así lo entendía nuestro Premio Nacional de Literatura (1969), Nicanor Parra, cuando a nombre de sus colegas académicos, recibe al poeta en su antigua Facultad: "don Andrés Bello lo llama desde la eternidad de su columna de mármol y lo proclama su hijo predilecto".

Hoy, en esta Casa de Bello, aporreado corazón de la cultura chilena, en este mes-símbolo rojo y negro de la historia patria en que se nos agolpa, también, el crítico centro de la injusticia que tanto golpeara a Neruda y, luego, a tantos nerudianos; en esta casi Primavera de esta casi democracia, será su mensaje semiótico futurista y esperanzador el que cierre este Homenaje, resonando y renaciendo aquí una vez más, con las palabras que dijera en la Facultad de Filosofía y Educación, en 1962:

" Pero mi fe en la verdad, en la continuidad de la esperanza, en la justicia y en la poesía, en la perpetua creación del hombre, vienen desde ese pasado, me acompañan en este presente y han acudido en esta circunstancia fraternal en que nos encontramos… Mi canto no termina. Otros renovarán la forma y el sentido. Temblarán los libros en los anaqueles y nuevas palabras insólitas, nuevos signos y nuevos sellos sacudirán las puertas de la poesía".