Introducción

Pablo Neruda nació en Parral (sur de Chile) el 12 de julio de 1904 y falleció en Santiago, el 23 de septiembre de 1973, a los 69 años de vida. Fueron sus padres don José del Carmen Reyes y doña Rosa Basoalto. De su padre escribió el poeta: "Fue mal agricultor, mediocre obrero del dique de Talcahuano, pero buen ferroviario. Mi padre fue ferroviario de corazón. Mi madre podía distinguir en la noche, entre otros trenes, el tren de mi padre que salía o llegaba de la Estación de Temuco".

En su libro póstumo Para nacer he nacido, Barcelona, 1980, Neruda ahonda más acerca de su padre a quien, igual que al padre de Juvencio Valle, no le satisfizo tener un hijo poeta.

Escribe Neruda:

"Hace poco murió mi padre acontecimiento estrictamente laico y sin embargo, algo religiosamente funeral ha sucedido en su tumba, y éste es el momento de revelarlo. Algunas semanas después, mi madre, según el diario y temible lenguaje, fallecía también y para que descansaran juntos, trasladamos de nicho al caballero muerto. Fuimos a mediodía con mi hermano y algunos de los ferroviarios amigos del difunto, hicimos abrir el nicho ya sellado y cementado y sacamos la urna, pero ya llena de hongos y sobre ella una palma con flores negras y extinguidas; la humedad de la zona había partido el ataúd y al bajar de su sitio, ya sin creer lo que veía, vimos bajar de él cantidades de agua, cantidades como interminables litros que caían de adentro de él, de su substancia".

Y más adelante, agrega: ... "esta agua original y temible, me advertía otra vez con su misterioso derrame mi conexión interminable con una determinada vida, región y muerte".

En 1945, Neruda recibió el Premio Nacional de Literatura; en 1971, el Premio Nobel. Fue senador de la República, Embajador de Chile en Francia. Sus poemas de Crepusculario, Residencia en la Tierra y del Canto General están vigentes, a 25 años de su muerte, nutridos por el tiempo y por la fidelidad más pura de la memoria humana.

Visita al Palacio de Gobierno

En 1958, termina su período presidencial el general don Carlos Ibáñez del Campo y Pablo Neruda presidía la Sociedad de Escritores de Chile, cargo que aceptó al triunfar una lista de minoría en la elección. Es obvio que los sucesos internacionales repercutían en el seno del directorio de la SECH y se producían ardientes debates. Así sucedió cuando las tropas soviéticas ocuparon Hungría, suceso que produjo polémicas ácidas y sucesivas en cuyo desarrollo algunos poetas de versos muy puros, llegaban armados de linternas que parecían laques. Neruda no asistía regularmente a las sesiones y cuando lo hacía, sabía situarse tranquilo y sensible. La asistencia, compuesta en su mayoría por artistas de verdad, no carecía del sentido de los valores y eran muy pocos quienes habrían osado faltarle el respeto. Pero llegaba un momento en que la personalidad del poeta lo absorbía todo, encandilaba con su luz a las medianías. Así sucedió cuando resolvimos visitar al Presidente de la República para solicitarle el alza del Premio Nacional de Literatura y una casa para los escritores. En ese tiempo, sesionábamos en una pequeña oficina que nos proporcionaba el Banco de Chile, en la calle Agustinas al llegar a Estado. Neruda era de opinión de que el Fisco nos donara la Posada del Corregidor, situada en la calle Esmeralda, cuyos propietarios la habían convertido en una taberna nocturna con gratísimos vinos calientes. De aquella posada, salió una noche el poeta Alberto Rojas Giménez en pleno invierno, con escasa ropa y sin zapatos, a encontrarse con la muerte. Le habían exigido que dejara todo lo suyo en prenda.

El Premio Nacional era de 100 mil pesos, anteriores a la conversión al escudo, y la idea consistía en subirlo a un millón de pesos. Benjamín Subercaseaux que se desempeñaba como Visitador de Intendencias y Gobernaciones, y que había concurrido a nuestra cita con el Presidente como introductor, nos advirtió en la antesala que la petición era excesiva y nos sugirió que pidiéramos la mitad. Vestía un arcaico macfarlán verde y daba la impresión de un personaje de la Academia Francesa.

La sorpresa la dio el propio Presidente Ibáñez que nos recibió muy amablemente, vestido de civil, atento y con el oído muy fino a todo lo que dijimos, ante la silenciosa tensión de don Luis David Cruz Ocampo, funcionario asesor de la Cancillería. Sobre el escritorio de trabajo de Ibáñez, había una pequeña imagen de la Virgen del Carmen. La entrevista la habíamos estudiado con Neruda esa misma mañana y estaba planificada en sus detalles por la mano del poeta. Recuerdo entre los asistentes a Rubén Azócar, Armando Cassígoli, a Raúl Aldunate, amigo de Neruda, a pesar de los versos lapidarios que éste le dedicó. Ibáñez, que ya se iba de "la casa donde tanto se sufre", según el decir de uno de sus antecesores, aceptó las peticiones y cuando se trató del monto del Premio Nacional, fue de opinión que se subiera a 5 millones de pesos. Semejaba un asequible abuelo en un día de Navidad.

Neruda empezó su hábil preámbulo diciendo que probablemente desde los tiempos del Presidente Balmaceda, cuando el genio poético nicaragüense Rubén Darío frecuentaba el Palacio, debido a la amistad con su hijo Pedro, los poetas no entraban a conversar con el Presidente. Esta afirmación agradó, por cierto, a Ibáñez e hizo aún más fluida la entrevista. Al despedirnos, Raúl Aldunate, que era teniente de caballería en retiro, le dijo a Ibáñez, tratándole de "mi general": "La Sociedad de Escritores ha organizado una velada de cultura en el Teatro Municipal y querríamos contar con su cooperación". ¿En qué sentido? - preguntó Ibáñez-captando al instante la parte inverosímil de la invitación. Acaso temió que debía recitar un soneto.

Pero faltaba todavía un detalle: la despedida de aquella reunión memorable desusada para los escritores. Al salir, Pablo Neruda le dejó una carta al Presidente. En ella le decía que a causa de la vigencia de la Ley de Defensa de la Democracia, él no se consideraba un ciudadano igual a los demás, que era un chileno de segunda o tercera categoría, sin derecho a voto y que invocaba su patriotismo para que derogara esa ley. Al finalizar su período, Ibáñez accedió a lo solicitado, desatando violentos ataques de sus antiguos partidarios por esa medida.

Neruda a nivel presidencial

La candidatura del poeta Pablo Neruda a la presidencia de la República, en representación de su partido, debe de haber producido felicidad a los numerosos nerudistas nacionales y extranjeros que eran y son muchos. El delgado muchacho de Temuco, el joven estudiante de la calle Echaurren Nº 330 de esta capital, el habitante de Isla Negra, poseía un hechizo misterioso para formar adeptos y discípulos y es curioso que esto haya sucedido, si pensamos que Neruda no se prodigaba, ni daba a su compañía ese compás de maestro a discípulos, que sustentan las viejas artesanías y cofradías. Neruda recibía a sus amigos dejándose querer; era firme y claro en sus opiniones, sin imponerlas y cuando abría la ventana de sus recuerdos y confidencias, el oyente quedaba deslumbrado. Sentía vivir en voz baja, casi sin matices, un mundo observado con precisión milimétrica, desde el ángulo más imprevisto, lo que viene a constituir la destreza del gran poeta. El ser humano está ávido por apreciar un universo distinto dentro de sí mismo, en esa tonalidad numerosa y sensible que le diferencia del cosmos.

Neruda fue uno de los grandes promotores de esa renovación de su universo que busca el hombre, desde sus versos de barrio, con resonancia indudable de Pezoa Véliz, hasta sus discursos electorales en que traía a la vulgaridad política un acento de belleza formal al cual nos estábamos habituados. La misma oratoria tradicional, el gusto dramático del tribuno, la espiral dialéctica irrefutable, a lo menos mientras se oye, había cambiado de acento.

Ese sentido de las campañas políticas permanece todavía en la mentalidad de alguna gente antigua. Alguien me decía "Vi a Neruda en la televisión y me parece que está haciendo un papel deslucido. ¡Qué dificultad para expresarse!" Se olvidaba que Neruda fue uno de los genios políticos que ha producido Chile. Aludimos a la "política" en la acepción de crear imágenes positivas entre los hombres sólo comparable, en el plano literario, con Gabriela Mistral que desde el valle de Elqui llegó a ser laureada con el Premio Nobel, por el rey de Suecia, para merecer un tiempo después el Premio Nacional de su patria, mas no olvidemos que Chile es "un país de rincones".

Neruda puesto en solfa en sus comienzos y hasta en su plenitud poética por nuestra prensa de mayor influjo, denigrado y execrado por la crítica al servicio de una clase dominante, cuya misión consistió con frecuencia en dejar en mala postura a los escritores que se atrevían, en medio de sus sueños, a señalar el desamparo social que les circundaba, no interrumpió jamás su paso de escritor, su lealtad insobornable al rigor de la poesía, su amor al pueblo de cuya entraña provenía. La vida consular no le transformó en un funcionario de sombrero enhuinchado.

Por el hecho de haber aceptado ser candidato, Neruda debió renunciar a sus viejos hábitos. El esquivo gran poeta de la juventud que decía sus versos para sus amigos en un instante preciso de la reunión, cuando en la frente, justo en el ceño, se le grababa su destino de vate, debió dejarse festejar por los electores; algo reservado para el político profesional, algunos de los cuales resultan inmolados a las hecatombes electoreras. Neruda no llegaba a la culminación de ese pesado ejercicio. El sabía que no iba a ser elegido y se limitaba a cumplir una misión imposible entre nazarena y profética. Devolvía así con creces, a su partido, la adhesión que le dieron sin mengua y a los demás nos servía para variar el universo rutinario de los políticos, oyendo palabras como estas: "Traemos al mundo una disposición generosa, un ansia de dar y que se nos dé. Pero poco a poco la vida va borrando tal sentido para meternos en una selva maldita de una sociedad organizada en forma hostil, en una rueda de explotación inhumana, donde unos son enemigos de los otros y somos confundidos a causa de un sistema que no creamos nosotros sino que se fue fraguando en contra del amor, en contra de los niños que se regalan sin conocerse". Así pensaba Juan Jacobo Rousseau en el siglo XVIII y el verbo del poeta candidato significa que las palabras puras no se extinguen fácilmente.

El poeta embajador y su regreso

En 1971, visitamos a Neruda en París, convertido en embajador de Chile, mas era el mismo poeta de Isla Negra que había amoblado con su estilo un rincón de la vieja embajada, con un bar para recibir a sus amigos. El 25 de febrero del mismo año, los escritores le dimos un banquete de despedida en un hotel de Santiago y Neruda nos dijo, evocando su primera salida al extranjero: "Llegué a París en 1927. Era una época loca del mundo y de mi propia vida. Por aquellos días, me encontré con Vallejo, viejo y loco bohemio lleno de guitarras y de canciones. Me pareció que Francia estaba llena de perversidades y elegí el camino anacorético que me llevaba al Oriente. Con el tiempo entendí que lo que en verdad había sentido era envidia, resentimiento profundo por no haberme quedado allí en la miel del mundo, en la colmena humana".

Nosotros íbamos de paso a Europa Oriental, pero coincidió el 21 de mayo con nuestra breve estada. Neruda festejó las glorias del Combate Naval de Iquique entre chilenas y chilenos, algunos con más de cincuenta años de permanencia en París sin que hubieran perdido el continente y contenido que les confundía con nosotros los viajeros. El discurso del Embajador Pablo Neruda fue muy poético y por supuesto que apenas apareció en esa galaxia nuestro ritual patriótico.

Otra noche cenamos con un bisnieto de Lord Cochrane que era más bien un nerudiano sajón. Supimos después que Neruda fue recibido con sus credenciales chilenas, a los pocos días de su arribo, y que nuestro Embajador poeta le había entregado al Presidente George Pompidou un ejemplar de su libro Arte de pájaros que el mandatario francés hojeó muy complacido. Se había producido la conjunción frecuente en Europa, de un Presidente de la República estudioso y antologista de la poesía y un gran poeta de habla hispana.

Después volvimos a ver al poeta, a su regreso en un homenaje popular realizado en el Estadio Nacional con numerosa gente joven. El poeta respondió con un bello texto y se comparó con "un pequeño recuerdo en el luminoso camino de Chile". Fue en noviembre de 1972 y acaso pensaba lejanamente en su fin.

La inminencia del fin

En verdad él ya estaba citado con la muerte. Quienes le visitaron en Isla Negra y en su casona de Valparaíso, hablaron de su cansancio y de su fraternidad sostenida, a pesar del sufrimiento, hasta que el 23 de septiembre de 1973- hace justamente 25 años- la noticia eclipsante nos sumió en la penumbra. Neruda había muerto en la Clínica Santa María de esta capital, acompañado por Matilde Urrutia, inspiradora de tantos versos de amor; por Laura Reyes, su frágil y dulce y tan querida hermanastra y por su fiel amiga, la escritora Teresa Hamel.

Murió como había vivido, desde su "mamamadre" hasta Matilde Urrutia, rodeado por un círculo de sensibles y protectoras mujeres. Y así podría suceder en apariencia la historia de la vida de un hombre, pero en este caso, el verbo del gran poeta trasciende, supera su contorno individual y busca un latir sin pausa en el corazón de otros seres de hoy y de mañana.

Piense quien lo dude en un lector del año 2098 que lea el Canto XII del poema Alturas de Macchu Picchu, publicado en 1950, hace apenas 48 años y que dice así en sus versos finales: "Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,/ decidme: aquí fui castigado,/ porque la joya no brilló o la tierra/ no entregó a tiempo la piedra o el grano:/ señaladme la piedra en que caísteis/ y la madera en que os crucificaron, / encencedme los viejos pedernales, / las viejas lámparas, los látigos pegados/ a través de los siglos en las llagas/ y las hachas de brillo ensangrentado". Y en su místico final: "Acudid a mis venas y a mi boca. / Hablad por mis palabras y mi sangre".